JOAQUÍN TOLABA UN ESCRITOR DEL OESTE

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Escritor que vive en algún espacio del planeta pero no es un desconocido para Ayllu que ha publicado un trabajo suyo:  Andul Finish en 2021. (https://aayllu.com/joaquin-tolaba-escritor/)

Participa del taller Traspalabra de Moreno, allí participó en las compilaciones: “Senq’ay” (2016), “Dis- tinta” ( 2017), “Morenadas” ( 2018 ) y “Tras-distancia” (2020).

También públicó su primer libro de narrativa, ” Esas sangres que Avivan los limones” ( 2020 ) por ÁrbolAnimal  ediciones y “Lo intentaremos de nuevo” ( 2021), poemario realizado de manera artesanal por Ediciones Conyza.

Conjeturas y posibilidades mientras espero el colectivo

Recordó un verbo, caminar, lo pensó de esta manera: Si mi caminar estuviera en presente, el recuerdo que está sucediendo ahora tendría un lapso determinado, sería yo mismo o uno de mis pares, quizás, bordeando la vereda del estadio. Escucharía los cantos dentro de ese gran vapor humano, aunque me perdería de lo que está aconteciendo. Si hubiese estado allí, dentro del estadio, sabría con total certeza qué presenciaría, el por qué de la situación, llámese gol, gol anulado, festejo de campeonato o una ovación a un jugador de gran trayectoria que está dando todo lo que tiene, en tal vez, su último partido dentro de ese campo húmedo y asfixiante. A esa posible situación le faltaría algo, creo yo. Ese algo podría ser que yo, esté hinchando por un club en particular, o que simplemente estoy presenciando lo acontecido de manera neutral, pero como lo neutral es un invento de la química, digamos, que también puedo estar allí como espectador turista, o que en definitiva estoy en el otro bando/club, tomado de un estandarte que huele a tiempo, subido a un paravalancha, pasado de rosca imponiendo mi fanatismo, viendo como los otros espectadores me observan, algunos con mirada perdida, otros con temor, pocos con vergüenza y muchos con respeto, ese respeto que se confunde con la ad-miración, que nada tiene que ver ello; más bien diría, como un sometimiento visual. Cuando esa gente me mira se está perdiendo de la jugada mágica, de la patada al tobillo a destiempo, de la incertidumbre del cinco entre ser o no ser ofensivo, de las tácticas del futbol integral, de la mirada vacilante del entrenador local, de la mirada complacida del entrenador visitante, de la top model tomando merca en el palco vip, de la mirada macabra de un dirigente de la conmebol, del fastidio del que va perdiendo y no ve otra cosa que la derrota, de la ansiedad del que va ganando y solamente desea que el tiempo pase lo más rápido posible y así ganar, del avión que cruzó el estadio, casi pelando las tribunas superiores, del amague del árbitro en sacar una tarjeta roja, del quilombo de la otra barra; es decir, cuando se observa un punto fijo, rígido e inflexible se pierden las luces y las sombras: se pierde lo vivo, el entusiasmo y sus contras, o sea, la playa y su horizonte configurado a pedido del sol en un sitio sin coordenadas googlemaperas.

Cuando alguien tapa lo que nos rodea, me dice sin decirme ese yo que está en el paravalanchas, que lo que mata al mundo nos son ni las bombas, ni las economías centrales, ni el pronóstico del tarot, ni la mentalidad de liderazgo, ni el optimismo del perdedor, ni la cosmovisión de los chamanes, ni la actividad física en demasía, ni ningún tipo de virus globosustentable, ninguna enfermedad cardiovascular, ni el aburrimiento del cuerpo, ni el bullying pos-escolar, ni la condescendencia académica, ni el trabajo esclavo, ni el secreterio familiar, ni la tolerancia a medias, ni el acatamiento de las órdenes, ni los dogmas políticos, ni ningún accidente laboral; sino lo que mata, me dice, es el recorte visual, la falta de visión periférica, es decir, el no estiramiento de observación.

Cuando se mira a punto fijo, rígido e inflexible se cierran las ventanas que nutren la vegetación infinita. Posiblemente camino hacia la parada del colectivo 64, ya pasé por un campo que tiene la particularidad de ser como un pulmón entre el estadio y la gran avenida donde van la velocidad, el apuro, el resentimiento, el egoísmo, la comodidad, el pajerismo y la urgencia tocando bocinas, puteando a un tipo que va con sus pares empujando un carro con cartones, que se les burbujea el cerebro cuando ven un culo en un cuerpo de mujer, que reniegan del tiempo, creyendo que cuanto más fuertes y viriles son los bocinazos, más rápido harán pasar su tiempo, tiempo que creen dominar, que sacan la mano con un pañuelo por la ventanilla, aumentando otro tipo de velocidad, así como su entusiasmo, como si el cuerpo que transportasen necesitase un trato único y tal vez repetitivo, como si llevasen un alma vieja en un cuerpo de cristal, y que esa alma vieja con el correr de sus días, quizás intentase develar de quiénes son esos ojos deformes y lagrimosos que dialogan en un lenguaje cremoso y alargado, pero antes verán otras miradas, miradas prácticas y analíticas que ya han visto el nacimiento muchas veces antes, en salas de urgencias, en distintos tiempos. Otros bocinazos apurarán el paso para poder llegar a la fiesta donde lo sagrado y lo no sagrado planearán su mejor plan de domingo en la casa de Enat, en un  pueblo de Zaragoza, allá por los años dosmil.

Una casa de color blanco en paredes, techo de tejas coloniales y piso de cerámicos vistosos. Estoy viendo a Enat que llora por la muerte de su gato, Doki. Su familia en vez de abrazarlo con un gesto de, “Tu no estais solo en la vida, y tu gato no es mais tu gato en sí, ¿me entendéis, Enat?… niño mira al cielito y piensa en él, vas a ver que lo encontrareis allí, no llores, gillipollitas de mi corazón” En vez de hacer eso, su familia se le caga de risa ( jajajajajajaja, jejejejeje, jijijijiji) de la desgracia del gato de Enat, que solo tuvo la mala idea de salirse por un costado diferente de la casa y el perrito hermoso de su vecina le cracker el hueso mayor y plaff. Emat llora y su mocos cuelgan como dos hamacas y su familia toma vino y festeja la resurrección del niño Jesú.

Emat piensa en una solución para ver a Doki y junta las ropitas del felino en su cama. Su pariente, posiblemente una tía Aleja o un abuelo Pedro le dice: “Emat deja de hacer eso, te diré una cosa que nada tiene que ver, pero te lo diré, Nosotros no somos como los Garmendia eh, Nosotros somos la leche sana del huevo derecho de Croñios, joder. Todos nosotros, vinimos a ocupar lo que se va yendo, tu gatito es parte, entendéis…los doctos dirían, la solución ante tanto olor a comidas de pobres, a tanto olor a ropa vieja que pasa de hijito a hijito, según el talle, a tanto olor a leche podrida, a tantos distraídos que en vez de seguir las instrucciones, siguen fracasando en grande” Estoy viendo como Emat, alejado de su hogar, tal vez en un baldío va a cavar un pozo. Suspirará, mirará la caída del sol, escuchará un acorde de instrumento de cuerdas y cavilará tocándose la rodilla. Recordará un verbo, reflexionar, y su pera se apoyará en la palma de su mano y su mirada se desparramará amablemente en el horizonte configurado por alguien que lo pensó para él, desde otro sitio. Serán como dos minutos donde niño y entorno se convertirán en un antimecanismo en mi presente.

Joaquín Tolaba

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