Dos pérdidas sensibles para la literatura de Nuestra América.

ERNESTO CARDENAL: EL COMPROMISO CON LA POESÍA, LA RELIGIÓN Y LA POLÍTICA
Ernesto Cardenal

Un enorme poeta, Ernesto Cardenal (1925-2020)  se ha ido este año. Hablar de Cardenal es hablar del compromiso revolucionario, de su poesía exhuberante como la geografía de Nicaragua, con sus montañas, sus montes y sus volcanes, y es también hablar de un período fundamental de la historia de América Latina. 

“Ernesto Cardenal concentraba en él dos rasgos esenciales de la identidad nicaragüense: el espíritu de lucha por el país amado y el amor por la poesía”, escribió la poeta y escritora Gioconda Belli tras la noticia de que el poeta y sacerdote nicaragüense había fallecido a su 95 años. 

La vida de Ernesto Cardenal es la historia de la búsqueda espiritual, poética y política guiada por una luminosa coherencia. Su poesía acusa influencias de Walt Whitman y sus Epigramas, que dan cuenta de sus amores de juventud conjugados con la lucha contra la tiranía de Somoza, se inspiran en la poética de Marcial y Cátulo. Como supo instruirnos Iriarte: “A la abeja semejante/ para que cause placer/ el epigrama ha de ser /pequeño, dulce y punzante”.

Marcial: 

El que el toro arrebatado del medio de la arena se fuera a las estrellas, no fue cosa del arte, sino de la piedad. (Un toro divinizado)

Entre ayer y hoy no hay frontera

Quien crea que Acerra apesta a vino de ayer se equivoca; Acerra bebe siempre hasta el alba.

Tigre y león

Habituado a lamer la mano de su despreocupado domador, un tigre, gloria suprema de los montes de Hircania, ha despedazado cruelmente con sus rabiosos colmillos a un feroz león. Cosa inaudita y sin parangón en todos los siglos pasados. Nunca intentó nada igual mientras vivía en el interior de las selvas: ha acrecentado su ferocidad desde que está con nosotros.

Cátulo (Traducido por E. Cardenal)

Me preguntas, Lesbia, cuántos besos me bastan:

Cuántas son las arenas del desierto de Libia, en Cirene

entre el oráculo de Júpiter y el sepulcro de Bato;

cuántas son las estrellas que en la noche callada

contemplan los amores ocultos de los hombres:

Estos besos le bastan a tu loco Cátulo,

que no puedan los curiosos calcularlos

ni la maledicencia causarles maleficio.

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A nadie más amará, dice mi muchacha,

sino a mí aunque Júpiter la enamore.

Dice: pero lo que dice una muchacha

se debe escribir en viento o en agua rápida.

Ernesto Cardenal

Tú has trabajado

Tú has trabajado

veinte años

 para reunir

veinte millones de pesos

pero nosotros

daríamos veinte millones de pesos

 para no trabajar

como tú has trabajado.

—————————–

Yo he repartido papeletas clandestinas,

gritando: ¡VIVA LA LIBERTAD! en plena calle

desafiando a los guardias armados.

Yo participé en la rebelión de abril:

pero palidezco cuando paso por tu casa

y tu sola mirada me hace temblar. 

—————————————————

EPITAFIO PARA JOAQUÍN PASOS

Aquí pasaba a pie por estas calles,

sin empleo ni puesto y sin un peso.

Sólo poetas, putas y picados

conocieron sus versos.

Nunca estuvo en el extranjero.

Estuvo preso.

Ahora está muerto.

No tiene ningún monumento…

Pero recordadle 

cuando tengáis puentes de concreto,

grandes turbinas, tractores,

 plateados graneros, 

buenos gobiernos.

Porque él purificó en sus poemas el lenguaje de su pueblo,

en el que un día se escribirán los tratados de comercio,

la Constitución, las cartas de amor,

y los decretos.

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Su búsqueda espiritual lo llevará en 1957 a ingresar en la Trapa de Gethsemaní (Kentucky, Estados Unidos) que dirigía Thomas Merton quien asumiría un encendido radicalismo político sin renunciar a la condición de monje. Sin embargo, esa vida conventual contemplativa le dejaba insatisfecho porque la hallaba egoísta y ajena al sufrimiento de todos y es por eso que ya ordenado sacerdote  iniciaría una experiencia nueva en la isla de Solentiname en el gran lago de Nicaragua junto a otros sacerdotes donde viviría del cultivo de la tierra, de la pesca e instalaría un taller de arte. Los domingos se reunía con pobladores campesinos a fin de dialogar y comentar con ellos los  textos bíblicos. Esas conversaciones fecundas en hondas reflexiones,  están recogidas en “El evangelio en Solentiname”. 

Su primer viaje a Cuba opera en él una nueva transformación. Invitado a integrar el jurado del premio literario “Casa de las Américas” asiste con sus propios ojos a la incipiente construcción de una nueva sociedad sin explotadores ni explotados. Encuentra en Marx y el comunismo un horizonte compatible con su propia lectura de la fe cristiana. 

En 1979, al triunfar la revolución que derroca al tirano Anastasio  Somoza Debayle, Cardenal es nombrado ministro de cultura del flamante gobierno sandinista. En 1983 la visita del Papa Juan Pablo II le depara la amonestación del pontífice,  quien desaprobaba la participación de sacerdotes en un gobierno revolucionario y que ya se había apuntado  a la cruzada anticomunista de Reagan y Tatcher. 

Refiriéndose a su poesía el poeta la describe del siguiente modo:

“El exteriorismo no es un ismo ni una escuela literaria. Es una palabra creada en Nicaragua para designar el tipo de  poesía que nosotros preferimos. El exteriorismo es la  poesía creada con las imágenes del mundo exterior, el mundo que vemos y palpamos, y que es por lo general el mundo específico de la poesía. El exteriorismo es la poesía objetiva: narrativa y anecdótica, hecha con los elementos de la vida real y con cosas concretas, con nombres propios y detalles precisos y datos exactos y cifras y hechos y dichos. En fin, es la poesía impura”. 

Poeta, sacerdote y revolucionario, el nicaragüense logra una síntesis magistral entre lo divino y lo humano, entre el compromiso sociopolítico, el amor y lo autóctono. 

“…No propaganda política sino poesía política”.

El verso despojado y austero, no va en detrimento del cuidado del lenguaje. Por el contrario, el habla cotidiana del pueblo jerarquiza su poesía y también viceversa. Cada verso es un estallido de colores, de sabores, de perfumes, paisajes y voces populares. Una poesía amasada con nombres de las aves, animales, plantas y árboles nativos. Así sucede en Hora Cero, en Canto nacional y otros poemas de largo aliento y épico acento.

Vivió en Nicaragua con dignidad y en la mayor austeridad los años posteriores a la derrota electoral del sandinismo que significó el fin del proceso revolucionario. Cuando esa fuerza política retornó al poder, el FSLN ya no era el mismo de la epopeya revolucionaria y el poeta se refugió en una especie de ostracismo interior ya que nunca gozó de los favores ni de la simpatía del presidente Daniel Ortega (que tampoco era el mismo de la guerrilla contra Somoza) ni de su señora esposa Rosario Murillo.

La escritora Gioconda Belli, amiga personal de Cardenal, expresó en su cuenta de Twitter: “Se fue quieta y dulcemente a ese cosmos que cantó, nuestro querido poeta Ernesto Cardenal. Muy triste perder la lucidez y poesía con que vivió hasta el final, más que llorarlo, hay que celebrar una vida como la suya, consecuente y creativa, infatigable por sus 95 años”.

“Millares de fraguas brillando en la noche de los Andes

y con abundancia de oro y plata

no tuvieron dinero

supieron

vaciar laminar soldar grabar

el oro y la plata

el oro: el sudor del sol

la plata: las lágrimas de la luna

Hilos cuentas filigranas

alfileres

pectorales

cascabeles

pero no DINERO

y porque no hubo dinero

no hubo prostitución ni robo

las puertas de las casas las dejaban abiertas

ni Corrupción Administrativa ni desfalcos

-cada 2 años

daban cuenta de sus actos en el Cuzco-

porque no hubo comercio ni moneda

no hubo

la venta de indios

Nunca se vendió ningún indio

Y hubo chicha para todos”.

(…)

“A la caída del Imperio

el indio se sentó en cuclillas

como un montón de cenizas

y no ha hecho nada sino pensar…

indiferente a los rascacielos

a la Alianza para el Progreso

¿Pensar? Quién sabe

El constructor de Macchu Picchu

en casa de cartón y latas de Avena Quaker

El tallador de esmeraldas hambriento y hediondo

(el turista toma su foto)

Solitarios como cactus

silenciosos como el paisaje -al fondo- de los Andes.

Son cenizas

son cenizas

que avienta el viento de los Andes

Y la llama llorosa cargada de leña

mira mudamente al turista

pegada a sus amos. 

No tuvieron dinero 

nunca se vendió a nadie

y no explotaron a los mineros

PROHIBIDA

la extracción del mercurio de movimientos de culebra

(que daba temblores a los indios)

Prohibida la pesca de perlas

Y el ejército no era odiado por el pueblo

La función del Estado

era dar de comer al pueblo.

La tierra del que la trabajaba

y no del latifundista

y las Pléyades custodiaban los maizales

Hubo tierra para todos

El agua y el guano gratis

(no hubo monopolio de guano)

Banquetes obligatorios para el pueblo

Y cuando empezaban las labores del año

con cantos y chicha se distribuían las tierras

y al son del tambor de piel de tapir

al son de la flauta de hueso de jaguar

el inca abría el primer surco con su arado de oro

Aún las momias se llevaban su saquito de granos

para el viaje al más allá.

(Economía de Tahuantisuyu-Fragmento)

COMO LATAS DE CERVEZA VACÍAS Y COLILLAS

Como latas de cerveza vacías y colillas

de cigarrillos apagados, han sido mis días.

Como figuras que pasan por una pantalla de televisión

y desaparecen, así ha pasado mi vida.

Como automóviles que pasaban rápidos por las carreteras

con risas de muchachas y músicas de radios…

Y la belleza pasó rápida, como el modelo de los autos

y las canciones de los radios que pasaron de moda.

Y no ha quedado nada de aquellos días, nada,

más que latas vacías y colillas apagadas,

risas en fotos marchitas, boletos rotos,

y el aserrín con que al amanecer barrieron los bares.

Fuentes consultadas: 

Antología Ernesto Cardenal- José M. Valverde- Editorial Laia.

Epigramas de Marco Valerio Marcial- Texto, introducción y notas de  José Guillén-

Institución Fernando el Católico- Zaragoza 2003.

Epigramas- Biblioteca Virtual Universal- (León de Arroyal)

LUIS SEPÚLVEDA

UNA VOZ GENUINA DE NUESTRA AMÉRICA

El COVID 19 nos arrebató a Luis Sepúlveda ( Ovalle/ Chile  1949-  Asturias 2020). De aquí en más lo podremos recuperar y  abrazar cada vez que abramos “Un viejo que leía novelas de amor”, “Historias marginales” , “Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar”, “Historia de una ballena blanca” “Nombre de torero” por citar algunos de sus libros rebosantes de humanismo, de identificación con los humillados y ofendidos del mundo y con la belleza de los paisajes del mundo que recorrió.

Aunque en la última etapa de su vida se asentara en Gijón, Asturias,  con su gran compañera, la poeta Carmen Yáñez, su obra literaria es inseparable del exilio al que se vio obligado por la dictadura de Pinochet desde fines de los 70. Todas sus novelas y relatos son fruto de un talento literario  conjugado con  su aguda capacidad de observación de las realidades, de una mirada de asombro abierta a la maravilla y a la grandeza del espíritu humano aún en medio de las más grandes tragedias.

Militante comunista, en 1979 participó en Nicaragua activamente en la revolución sandinista que derrocara al dictador Somoza. 

”Los humanos son generalmente incapaces de aceptar que un ser diferente a ellos los entienda y trate de darse a entender’ afirmaba en relación a “Historia de una gaviota…”

En “Últimas noticias del sur” un cuaderno de viaje por la Patagonia argentina:  “Nosotros simplemente nos movíamos, hablábamos con la gente y las historias aparecían solas, pidiendo ser contadas”. “Tuve recelos ante la idea de desnudar a ojos del mundo exterior el rostro de esa ancianita maravillosa llena de arrugas, son rostros protegidos por la distancia, por el olvido del mundo contemporáneo. Y se me hacía raro pensar que podrían pasar a estar en manos de cualquier persona, no necesariamente respetuosa con ese limbo de atraso, dignidad, inocencia y magia que es la Patagonia”. 

El libro cuenta la historia de mitos del sur de América, como Martin Sheffield, el sheriff de la Patagonia; la historia de cómo un grupo de mecánicos del Patagonia Express en paro consiguieron burlar a los gringos y poner el tren en marcha para que el fotógrafo argentino Daniel Mordzinski,  pudiera fotografiarlo, y el escritor pudiera contarlo.

LAS ROSAS BLANCAS DE STALINGRADO

Por Luis Sepúlveda (Historias marginales).

Nunca he sabido si Moscú es una ciudad bella, porque la belleza de las ciudades sólo existe relfejada en los ojos de sus habitantes, y los moscovitas miran insistentemente al suelo, como si buscaran una inútil tierra perdida bajo los pies.

No hay nada más triste que los ancianos que, con la cabeza metida entre los hombros y la vista pegada al asfalto, no esperan absolutamente nada, a no ser que un espíritu caritativo les compre alguna de las mil chucherías expuestas sobre pañuelos, toallas, manteles o restos de iconografía de un país que sucumbió sin pena ni gloria: el viejo que, pese al calor reinante, no se desprende del gabán, es un héroe del trabajo; el otro, que de vez en cuando se lleva a la boca una botella envuelta en hojas de periódico, es héroe de la Unión Soviética. Los dos ancianos, entre tazas de dudosa porcelana, cucharas y libros cuyos títulos no comprendo, ofrecen decenas de objetos de la parafernalia comunista.

Nos acercamos a una anciana, no sé por qué, tal vez atraídos por la belleza de la muchacha que sonríe desde una fotografía en blanco y negro. Ella lo advierte y, con sus manos gruesas que se me antojan de campesina, cubiertas de venas y manchas, nos ofrece el retrato enmarcado en madera.

Es una bella muchacha , posa de pie sobre el ala de un avión, viste cazadora de cuero ceñida por un cinturón militar, el viento detenido en la fotografía juega con el pañuelo que lleva al cuello, y con su cabellera, que tal vez fue rubia.

Junto a ella se ve también a otra muchacha, algo llenita en su mono de mecánico. Bajo la foto hay varias firmas para mí ilegibles y desteñidos sellos con la hoz y el martillo. Mi traductora cruza unas palabras con la anciana que, con dedos temblorosos indica a la gordita de la foto y sonríe.

Las dos siguen hablando, no entiendo una palabra, supongo que regatean el precio, hasta que Ludmila le entrega todo el dinero que lleva y se aleja mordiéndose los labios.

En su piso, mientras bebemos té, Ludmila abre un libro sobre la Segunda Guerra Mundial y me cuenta la historia de esta foto.

La bella muchacha del avión se llamaba Lilia Vladimirovna Litviak y era piloto de combate. Nació en Moscú un día de agosto de 1921; a los veinte años tuvo su bautismo de fuego en el cielo de Stalingrado, y con otras cinco muchachas piloto de la 286 División del Ejército Rojo formó un escuadrón llamado Las Rosas Blancas de Stalingrado. Volando en sus veloces Yakolevs-1 enfrentaron a los alemanes y en muy poco tiempo se transformaron en la pesadilla de la Luftwaffe. Una rosa blanca pintada sobre la estrella roja identificaba el avión de Lilia, líder del grupo, que entre septiembre del 42 y agosto del 43 derribó doce aparatos al enemigo nazi. La teniente Lilia Vladimirovna Litviak tenía veintidos años cuando despegó para cumplir con su misión número 168 y no regresó más.

La gordita del mono de mecánico se llama Inna Pasportnikova. Su misión en la guerra fue mantener a punto los Yakolevs de las Rosas Blancas de Stalingrado, y de todas aquellas valientes mujeres es la única sobreviviente, sí, sobreviviente, porque esa anciana que puso su cuota de sacrificio y dio los mejores años de su juventud a la lucha contra la bestia parda, sobrevive con una pensión que no llega a las 500 pesetas, menos de cuatro dólares, y vende sus recuerdos en una calle de Moscú.

Veloces automóviles cruzan las avenidas moscovitas. Los cristales oscuros no dejan ver a los pasajeros. Hombres elegantes salen de los bancos flanqueados por guardaespaldas. En el restaurante Dimitri ofrecen un “menú” ejecutivo de 300 dólares, champaña incluido. Inna Pasportnikova mira insistentemente al suelo.

Quiero creer que todavía tiene un sueño, uno solo, ver aterrizar el Yakolev de su camarada teniente Lilia Vladimirovna, ponerlo a punto, y enseguida despegar con ella para cumplir la última misión de las Rosas Blancas de Stalingrado.

Las mujeres de mi generación. 

por Luis Sepúlveda

A Carmen Yañez “Pelusa”, Marcia Scantlebury y Ana Schilling.

Las Mujeres de mi generación abrieron sus pétalos rebeldes.

 No de rosa, camelias, orquídeas u otras yerbas.

 De saloncitos tristes, de casitas burguesas, 

de costumbres añejas 

sino de yuyos peregrinos entre vientos.

Las Mujeres de mi generación florecieron en las calles, 

Y en las aulas argentinas, chilenas o uruguayas 

supieron lo que tenían que saber 

para el saber glorioso de las Mujeres de mi generación.

Minifalderas en flor de los setenta 

Las Mujeres de mi generación no ocultaron 

ni las sombras de sus muslos que fueron 

los de Tania erotizando con el mayor de los calibres 

los caminos duros de la cita con la muerte.

 Porque las Mujeres de mi generación bebieron con ganas del vino de los vivos 

acudieron a todas las llamadas y fueron dignidad en la derrota.

En los cuarteles las llamaron putas 

y no las ofendieron porque venían de un bosque de sinónimos alegres:

 Minas, Grelas, Percantas, Cabritas, Minones, 

Gurisas, Garotas, Jevas, Zipotas, Viejas, Chavalas, 

Señoritas hasta que ellas mismas escribieron la palabra Compañera 

en todas las espaldas y en los muros de todos los hoteles 

Porque las Mujeres de mi generación 

nos marcaron con el fuego indeleble de sus uñas 

la verdad universal de sus derechos.

Conocieron la cárcel y los golpes 

Habitaron en mil patrias y en ninguna 

Lloraron a sus muertos y a los míos como suyos 

Dieron calor al frío y al cansancio deseos 

Al agua sabor y al fuego lo orientaron por un rumbo cierto. 

Las mujeres de mi generación parieron hijos eternos 

Cantando Summertime les dieron teta 

Fumaron marihuana en los descansos 

Danzaron lo mejor del vino y bebieron las mejores melodías 

Porque las Mujeres de mi generación nos enseñaron 

que la vida no se ofrece a sorbos compañeros

 sino de golpe y hasta el fondo de las consecuencias.

Fueron estudiantes, mineras, sindicalistas, obreras,

 artesanas, actrices, guerrilleras, 

hasta madres y parejas en los ratos libres de la Resistencia. 

Porque las Mujeres de mi generación sólo respetaron 

los límites que superaban todas las fronteras.

Internacionalistas del cariño, brigadistas del amor comisarias del decir te quiero, 

milicianas de la caricia. 

Entre batalla y batalla, entre amor y amor, entre fuego y fuego 

las Mujeres de mi generación lo dieron todo y dijeron que eso era apenas suficiente.

Las declararon viudas en Córdoba y en Tlatelolco 

Las vistieron de negro en Puerto Montt y Sâo Paulo 

Y en Santiago, Buenos Aires o Montevideo 

fueron las únicas estrellas de la larga lucha clandestina.

Sus canas no son canas sino una forma de ser

 para el qué hacer que les espera.

Las arrugas que asoman en sus rostros dicen 

he reído y he llorado y volvería a hacerlo.

Las Mujeres de mi generación 

han ganado algunos kilos de razones

 que se pegan a sus cuerpos 

Se mueven algo más lentas, cansadas de esperarnos en las metas. 

Escriben cartas que incendian las memorias 

Recuerdan aromas proscritos y los cantan. 

Inventan cada día las palabras y con ellas nos empujan 

Nombran las cosas y nos amueblan el mundo 

Escriben verdades en la arena y las ofrendan al mar 

Nos convocan y nos paren sobre la mesa dispuesta.

Ellas dicen pan, trabajo, justicia, libertad 

y la prudencia se transforma en vergüenza.

 Las Mujeres de mi generación son como las barricadas: 

protegen y animan, 

dan confianza y suavizan el filo de la ira.

Las Mujeres de mi generación

 son como un puño cerrado 

que resguarda con violencia la ternura del mundo. 

Las Mujeres de mi generación no gritan 

porque ellas derrotaron al silencio.

Si algo nos marca, son ellas. 

La identidad del siglo son ellas. 

Ellas: la fe devuelta, el valor oculto en un panfleto 

El beso clandestino, el retorno a todos los derechos 

Un tango en la serena soledad de un aeropuerto 

Un poema de Gelman escrito en una servilleta 

Benedetti compartido en el planeta de un paraguas 

Los nombres de los amigos guardados con ramitas de lavanda 

Las cartas que hacen besar al cartero 

Las manos que sostienen los retratos de mis muertos 

Los elementos simples de los días que aterran al tirano 

La compleja arquitectura de los sueños de tus nietos.

Lo son todo y todo lo sostienen 

Porque todo viene con sus pasos

 y nos llega y nos sorprende. 

No hay soledad donde ellas miren 

Ni olvido mientras ellas canten.

Intelectuales del instinto,

 instinto de la razón 

Prueba de fuerza para el fuerte y amorosa vitamina del débil.

 Así son ellas, las únicas, irrepetibles, imprescindibles sufridas,

 golpeadas, negadas pero invictas 

Mujeres, Mujeres, Mujeres de mi generación.

 Luis Sepúlveda

Escrito en 1999

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