DIEGO, PROPIEDAD DE TODO EL PUEBLO

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Un dios terrenal hasta los huesos

Se fue el Diego. Menos en ésta, él había sabido  gambetear a la muerte más de una vez. Esta vuelta no pudo.  Lo mejor de sí lo dio en la cancha, donde nos dio la  alegría de su magia, de su entrega generosa;   fuera de ella quemó su vida, lastimó y fue lastimado por un mundo hecho de dolor y crueldad. Todos los dioses verdaderos son así, empapados en pasiones humanas. Y él no se privó de ninguna. Un dios nacido en Fiorito, en medio de privaciones, cuando en el potrero era sólo el Pelusa.

Fue un dios que no eligió serlo, las circunstancias de este país increíble lo convirtieron en uno de ellos, un dios terrenal hasta los huesos. Ni ídolo ni modelo de la juventud ni ninguno de esos lugares comunes y paparruchadas  a que nos tienen acostumbrados los medios al servicio de un sistema injusto. Alguien dijo alguna vez que los ídolos son el producto de nuestra pereza y de última delegamos en otro que luego será el chivo expiatorio de nuestras frustraciones, de nuestra cobardía, nuestra propia responsabilidad. Yo creo que  Diego era el Diego en la cancha gozando y haciéndonos gozar, haciéndonos olvidar por un momento inolvidable con su arte,  las adversidades de una mala  jornada. También era él mismo cuando apoyaba las mejores causas o se plantaba ante el poder.

Este sentimiento que trato de entender para entenderme como país y como pueblo revive en mí otras pérdidas. Pienso en el Mono Gatica cuando al regresar de la cancha de Independiente donde había ido a vender muñequitos cayó bajo las ruedas del  295. Crónicas de la época dicen que el Mono en el suelo decía por lo bajo a los que pasaban: Ayudame hermanito, no me dejés tirado, ayudame a levantarme.

Yo creo que esta congoja nuestra, este nudo en la garganta, este sentimiento enorme de pérdida que no sabemos explicar del todo,  se debe a que el Diego no nos traicionó nunca, lo cual no es poco decir en estos tiempos,  siempre estuvo de este lado, del lado de los de abajo, de los más débiles y los más necesitados. Sabemos que en el último tiempo debió sentirse muy solo. Sus errores y extravíos no fueron gratuitos. Entonces, no podemos hacernos los distraídos, andar de modo vergonzante llorándolo en los rincones, y  ahora que van a venir sin duda los que hacen leña del árbol caído,  no salir a bancarlo para no parecer políticamente incorrectos.  Yo digo que Diego,  el dios caído es nuestro con sus luces y sus sombras. Y nos hacemos cargo.  Y no hermano, no te vamos a dejar tirado. Nos vamos a levantar con vos. – 

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