Carta a un compañero peronista

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No se trata de  administrar la miseria que nos dejaron

Querido hermano:

No soy peronista, no me visto para la ocasión.

Tampoco comulgo con esa izquierda voluntarista empecinada en el autosacrificio antes que en la Victoria.

No es verdad que cuanto peor mejor. No es cierto que al sufrir graves crisis las masas salen a combatir casi por inercia. Es un pifie de una izquierda en estado vegetativo. Y realmente me harté de andar salteando la necesaria instancia de la masividad. La dispersión y el delimitacionismo perpetuo conducen al ghetto, y yo aspiro a otra cosa.

No recuerdo quién dijo que en cada crisis las mayorías populares no se guían por  abstracciones y suelen actuar de acuerdo a sus experiencias políticas. Y el peronismo es sin duda alguna la más importante que atravesó nuestro Pueblo (aclaro rápidamente, cuando digo Pueblo digo Pueblo).

Fidel (falta envido y truco!) decía que en la adversidad debíamos ser flexibles, que no se trata de perder el norte estratégico de la revolución sino de ser orgánicos a la situación objetiva. Y estamos en la adversidad desde hace muchos años.

Asumir el fracaso histórico sin caer en la subordinación al enemigo es nuestra principal tarea. Resistirnos a adoptar como propias las premisas del enemigo y no perder ni ceder las iniciativas.

Eso nos permitirá mirar de otra manera el paisaje social devastado por los hijos de puta que se fueron en Diciembre.

No es con devaneos, titubeos ni oscilaciones. Mucho menos con tibiezas insípidas e incoloras. Y el primer requisito es rescatar una premisa que hoy parece olvidada: la lucha por el poder. Lucha por el poder que no es gestión estatal. No se trata de  administrar la miseria que nos dejaron los hijos de puta que se fueron en Diciembre. Hablo de la épica, cuyo extravío parece ser la primera consecuencia grave de nuestro fracaso. Sin épica no hay -ni habrá- política popular que valga. Sin épica nos pasaremos la vida discutiendo nombres, ella o él, cuando deberíamos discutir políticas.

No temerle al conflicto porque esa es la esencia de la lucha que emprendemos cada día.

Huir del posibilismo que nos proponen desde arriba –sobre todo los propios- y de esa pasividad que proclama un realismo bobo, gris, que se escuda en una presunta correlación de fuerzas negativa pero que por las dudas ni siquiera intentamos revertir. Una solución sin riesgo se parece mucho a un eufemismo para nombrar a la claudicación.

No caer en la trampa de la conciliación. Como dice la canción: los traidores se sientan en la mesa a tu costado. Se trata de la liberadora confrontación, como también dice esa misma canción: los valientes escribirán la historia con su sangre porque la historia escrita de los libros se escribe con la pluma del cobarde.

Vos y yo venimos de las entrañas de un Pueblo que se acunaba en tangos pero se despertaba con una marcha militar. Un Pueblo al que  agraviaron de todas las formas posibles, inimaginables: desde las “previsibles” raviol de fonda, cabecita negra, hasta el imperdonable Viva el Cáncer!

Seguiremos siendo rehenes de la conspiración reaccionaria más brutal que se haya visto después de la dictadura?

Qué es lo que hay que pactar con ellos? 

Acaso ser una pata más del sistema?

En fin, la hice lunga y lo mío era simplemente decirte que yo celebro la camisa blanca colgada en la soga, el olor al choripán y la voz aternurante de Hugo en un parlante viejo y destartalado. El suburbio, el barro, las voces anónimas, los plebeyos que salieron a las calles el 17 de Octubre cambiaron la historia. Hay que evocar esa gesta.

Espero sea un día luminoso.

Fraternalmente.

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